Thomas Mann es uno de los grandes narradores del siglo XX. Su obra renueva el legado clásico de gigantes del género novelístico como Tolstoi y Stendhal y, sin abandonar la factura realista, introduce en sus libros cuestiones fundamentales de su tiempo. Para él, como para los dos citados, la novela es un espejo que se arrastra a lo largo de un camino, una forma de pensamiento sobre la vida. Pero un espejo ya no transparente, sino turbio que recoge el aroma de la decadencia social y de la enfermedad del alma. Mann estaba obsesionado con la disolución del vigor de una cierta burguesía alemana, a la que él pertenecía por vínculos familiares, y con los problemas espirituales de la naturaleza del artista. A este tema, Mann dedicó dos obras claves: La muerte en Venecia y Doctor Fausto. Ambas escarban en el carácter problemático de la creación y describen los fantasmas y tentaciones que amenazan al Artista. La primera de ellas cuenta la peripecia de un autor consagrado repentinamente sacudido por la Presencia de la Belleza que, en vez de seguir el consejo platónico, hace de dicha Presencia un fin, y no un medio, en el camino hacia la Verdad. Mann rastrea con agudeza y una absoluta falta de complacencia las simas de la imaginación, el coste moral y vital que tiene crear la obra bella. Y ello enmarcado por los olores nauseabundos de los canales venecianos y el aire decrépito y decadente de la luminosa Ciudad, que termina siendo un emblema del alma compleja, ambigua y atormentada del Artista.
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